viernes, 20 de mayo de 2011

Idiots and angels


Hace poco me encontré de casualidad esta increíble película llamada Idiots and angels, del animador norteamericano Bill Plympton (nacido el 30 de abril de 1946), el mismo que en 1987 estuvo nominado al Premio Oscar con su cortometraje animado Your Face.

La cinta está protagonizada por un hombre algo desagradable, violento, alcóholico y obsesionado con el sexo, que lleva una vida simple y monótona. Su rutina es visitar, día tras día, un decadente bar. Pero un día, amanece con unos pequeños bultos en su espalda que con los días se convierten en alas. Unas alas que lo van obligando a cambiar contra su voluntad. La película tiene una música hermosa y nada de palabras.

Lo interesante de Pympton, que parece tener una obsesión por explorar la esencia del ser humano y sus rincones más oscuros, para lo que se vale de una estética bastante particular y de un humor negro que perturba y hace sonreír a sus espectadores. Su trabajo es inspirador y por eso espero que lo disfruten.




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martes, 3 de mayo de 2011

Lanzamientos de Feria

Este año lo más interesante que pasará en la 24ª Feria del Libro de Bogotá – que se realiza del 4 al 16 de mayo– serán, sin duda, las presentaciones de los nuevos trabajos de Alberto Salcedo Ramos, Sergio Álvarez, Sergio Ocampo y Juan Álvarez. Adicionalmente, también hay que decirlo, llegan las novelas de Juan Gabriel Vásquez (quien llega como ganador Premio Alfaguara de Novela 2011) y de Mario Mendosa, dos escritores que tienen amplia fanaticada. Como quien dice, lo mejor es tomar nota de la fecha y la hora, para no perdérselas.

  • El viernes 6 de mayo, a las 6.00 p.m. en la Sala Porfirio Barba Jacob de Corferias, Juan Álvarez presentará su primera novela: C. M. no récord. Recordado por su libro de cuentos Falsas alarmas, con el que se mereció el Premio Nacional de Cuento Ciudad de Bogotá 2005, Álvarez ahora presenta una historia que transcurre a mediados de los años noventa, que se centra en el oficio musical y en una banda sin guitarra, en un grupo de amigos que quiere hacer buena música y en una ciudad andina que se convierte en el escenario propicio para darle un color especial a la escena. Y para ser coherente con la causa, el lanzamiento correrá por cuenta de Fernando del Castillo de la banda capitalina 1280 Almas y del periodista Eduardo Arias. Fragmento del primer capítulo de C. M. no récord

  • El domingo 8 de mayo, el salón Tomás Carrsquilla recibirá a las 5:30 p.m., al escritor y periodista Alberto Salcedo Ramos, con La eterna de parranda. Esta antología recoge las crónicas publicadas por Salcedo entre 1977 y 2011. En total son 27 historias divididas en cuatro capítulos: Los irrepetibles, Bufones y perdedores, Colombia: entre el esplendor y la sombra; y un Bonus track: con tres relatos en primera persona. Crónica: El enfermero de los secuestros

  • El sábado 14 de mayo a las 3.30 p.m. en el León de Greiff, el turno es para Sergio Álvarez Guarín, del que no se sabía nada desde su Lectora (publicada diez años atrás, convertida en serie para televisión y de la que se está haciendo en la actualidad película). Ahora, en el 2011, regresa pisando fuerte con 35 muertos, una novela que “recrea a partir de las desventuras de un perdedor, y de las decenas de personajes que se cruzan en su camino, la Colombia de finales del siglo XX”. Son “Treinta y cinco años brutales reconstruidos por un narrador que hace lo que no debe y que siempre está en el lugar equivocado. Este viaje desbocado por Colombia, por sus rutas físicas y vitales, es una cautivadora excursión literaria y también una nueva prueba de que en América Latina siguen triunfando la fiesta, la violencia, el exilio y el olvido”, como puede leerse en la página de Alfaguara.
    Sergio Álvarez vuelve con 35 Muertos
    Página official de 35 Muertos
    Blog de Sergio Álvarez Guarín
    Canal de Youtube: 35 Muertos

  • Por su parte el periodista antioqueño Sergio Ocampo, se lanza al ruedo con El hombre que murió la víspera, después de recibir aplausos y excelente crítica con su libro de cuentos A Larissa no le gustaban los escargots. Durante la Feria estará participando en el Encuentro Internacional de Periodismo “El periodismo después de Wikileaks” y Encuentro Internacional de Escritores, El lugar de los libros. Su novela está centrada en Bruno Valenzuela, antropólogo y profesor que se obsesiona con la muerte, tanto que ésta termina haciendo serios estragos en su vida. Fragmento de El hombre que murió la víspera

Otros lanzamientos
  • El sábado 7 de mayo a las 2:30 p.m. en el Salón Jorge Isaacs, Mario Mendoza presentará Apocalipsis, su más reciente novela y que se convierte en la número 10 de una larga saga que inició quince años atrás con La ciudad de los umbrales y que Editorial Planeta describe como “Una disección de las pasiones más profundas del hombre, un viaje por los vericuetos del cuerpo y el espíritu, una vibrante reflexión sobre el hecho de estar vivos…” Entrevista a Mario Mendoza
  • El lunes 9 de mayo a las 3:00 p.m., en el salón José Eustasio Rivera, el Ministerio de Cultura y su Red Nacional de Talleres de Escritura Creativa – Relata , presentarán una Antología de Cuentos que reúne 30 relatos seleccionados, entre los 47 talleres que se realizan en el país. Y el martes 10 de mayo a las 3:00 p.m., también en el salón José Eustasio Rivera, la Red hará el lanzamiento del Fugas de tinta 3, donde se han recogido crónicas, cuentos y relatos elaborados desde las cárceles, durante el taller Libertad Bajo Palabra, que llega a varios centros de reclusión, de diferentes ciudades de Colombia.
  • Juan Gabriel Vásquez, Premio Alfaguara de Novela 2011, también se hará presente en la Feria con su nueva novela: El ruido que hacen las cosas al caer, donde hace un balance de los últimos veinte años de violencia y terror que vividos en Colombia. Fragmento: El ruido que hacen las cosas al caer

martes, 12 de abril de 2011

El Hombre Muerto



En estos días estuve releyendo algunos cuentos de Horacio Quiroga, ese escritor uruguayo - argentino, que  habló bastante de la muerte pero también de la vida. Y mientras leía sus cuentos, recordé lo extraña que fue su existencia. Cuando era niño - a los 2 meses-, murió su padre al disparársele la escopeta y años después, su padrastro se suicidó, también con una escopeta. El propio Quiroga mató accidentalmente a su mejor amigo y su primera esposa se quitó la vida, al igual que su maestro. En 1937, después de saber que sufría cáncer de próstata, apareció muerto en un hospital de Buenos Aires por ingestión de cianuro y para completar el cuadro, sus dos hijos, también decidieron optar por el suicidio.

Lo que más me llama la atención de Horacio Quiroga es que a pesar de este panorama oscuro, logró convertirse en uno de los cuentistas latinoamericanos más prolíficos y sobresalientes. Entre sus obras se destacan Los arrecifes de coral (1901), El crimen de otro (1904), Historia de un amor turbio (1908), Cuentos de amor de locura y de muerte (1917), Cuentos de la selva (1919), El salvaje (1920), Las sacrificadas (1920), El trípode llamado chengue (1921), El desierto (1924), Los Desterrados (1926), Pasado amor (1929), Suelo natal (1931) y Más allá (1935).

Aquí les dejo uno de mis cuentos favoritos:
El Hombre Muerto
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia. La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro. Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano! Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún! ¿Aún...?

No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: se está muriendo. Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura. Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?

Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.

El hombre resiste -¡es tan imprevisto ese horror!- y piensa: es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿no es acaso ese el bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce. Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...

¡Muerto! ¿pero es posible? ¿no es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa? ¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando... Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.

¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin duda! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo... Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.

El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.

¡Pero no es posible que haya resbalado...! El mango de su machete (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre. ¿La prueba...? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.

...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡Piapiá!

¿No es eso...? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo... ¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.

...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos. Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla -descansando, porque está muy cansado.

Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas -¡Piapiá!- vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

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